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Opinión 385… PRI: una marca registrada desgastada

385 Grados / Tlaxcala / Abelardo Carro Nava / Con el correr de los años, el partido político que por más de 70 años colocó a uno de los suyos en las cumbres del poder en México se ha desgastado. Y esto es así porque de inicio su imagen se ha deteriorado; producto, como parece obvio, de los excesos y malos resultados de sus políticos que han llegado a ser gobernantes.

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Para muchos, puede ser desconocida la historia que dio origen al nacimiento de este partido. No, no me detendré en ello. Basta con mencionar que sus ideales revolucionarios plasmados desde que Plutarco Elías Calles lo fundó (Partido Nacional Revolucionario), han quedado en el olvido. Ya ni qué decir del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y de las circunstancias que dieron origen a lo que hoy conocemos como Partido Revolucionario Institucional (PRI). Tales cuestiones podrían ser dignas de analizar en otro momento.
Así, repito, con el paso del tiempo, hemos sido testigos de innumerables hechos que, por más que se diga lo contrario, han llevado a dicho partido a una crisis, tan real como cruda, como la que en nuestros días observamos. ¿Alguien en sus cabales hubiera imaginado que en el 2017 las “bases” de ese partido elegirían a un político que no militaba en sus huestes, valga la redundancia, partidistas? Personalmente no lo hubiera considerado. No obstante, los hechos ahí están y José Antonio Meade es ya precandidato a la presidencia de México.
¿Por qué se llegó a esto? El planteamiento es muy sencillo y tal vez se ha hablado y escrito mucho al respecto; la imagen de los priístas, de esos de hueso colorado se vino al traste con la famosa “nueva generación de priístas” destacados. Casos concretos: los Duarte, en los estados de Chihuahua y Veracruz; además, de otros tantos que, para acabar pronto, llevaron a quién sabe quién a diseñar una estrategia que les permitiera mantener el poder y la continuidad en el gobierno. Sí, no hay duda, Meade es el precandidato y posible candidato de la continuidad. ¿Qué significa ello? Por sentido común o por el más común de los sentidos: la permanencia de la corrupción y los magros resultados. Así de simple, así de complejo.

Para nadie son desconocidos los eventos fuera de ley o norma, en los que altos funcionarios del actual gobierno incurrieron alcanzando su máxima expresión, en lo que los medios de comunicación catalogaron como “La Casa Blanca del Presidente”. Sí, la corrupción en su máxima expresión, pero también la podredumbre de un poder que sienta sus bases fuera de los ideales revolucionarios de este partido.
Pensar en términos de revolución significa cambiar paradigmas, y esto es cierto. No obstante, permítanme ser un poco quisquilloso al respecto, el PRI ha cambiado de paradigmas, pero esos paradigmas solo han traído miseria, desolación y desasosiego en la población mexicana o ¿cómo explicar los más de 55 millones de mexicanos sumidos en una pobreza y pobreza extrema?, ¿cómo explicar la brecha de desigualdad e injusticia social que se vive en nuestros días en cada una de las entidades federativas?, ¿cómo explicar la ola de inseguridad y violencia que prevalece en todo el territorio nacional?, ¿cómo explicar el solapamiento y encubrimiento de servidores públicos emanados de las filas priístas en los diversos estados de la República Mexicana?, ¿cómo explicar el asesinato u hostigamiento a varios periodistas y columnistas?, ¿cómo explicar la aprobación y promulgación de una ley de seguridad interior cuyo propósito radica en aplacar y/o callar bocas?, ¿cómo explicar la aprobación a las leyes para prohibir la libre expresión de las ideas? Cómo… ésa es la pregunta, ésa es la repuesta.
Sí, el PRI en nuestros días es una marca registrada desgastada. De eso no hay duda.
Sí, con seguridad habrá quien refute mis argumentos y créame, está en su sano derecho y lo respeto. Digo, en este país, donde la libertad de expresión es – aunque lo correcto sería decir “debiera ser” – nuestra bandera, cada uno puede fijar un posicionamiento sobre éste y otros asuntos. Al fin y al cabo, las preferencias ideológicas son todavía nuestras. Y tal vez por ello puedan fijar una postura diferente a la que he establecido en estas líneas. No obstante, los hechos, los datos duros, las evidencias, ahí están, y poco o nada se ha hecho al respecto.
¿Qué posibilidad existe de que el PRI llegue a mantener ese poder con el gris precandidato y candidato que ha propuesto? Muchas, no debemos olvidar que en nuestro país, todo se puede, y se puede por los niveles de corrupción que se hallan en todos lados. En las Secretarías de Estado, en la dependencias gubernamentales, en la inoperancia de un Instituto Nacional Electoral (INE), en la coaptación de los poderes de gobierno, en fin, en todos lados.

Hablar de que el PRI prepara un mega fraude electoral no es nada descabellado. Habría que preguntarle a Cárdenas lo que sucedió hace unos años cuando, por “azares del destino”, se cayó el sistema; o bien, lo que en las diversas entidades se observa en cuanto a la utilización de ciertas dependencias para coaptar el voto, no importando el desvío de recursos para esos propósitos. No, nada de eso es imposible.
Desde mi punto de vista, un asunto que también es muy posible que suceda, es el hecho que de que como ciudadanos, como mexicanos, y con la capacidad de discernir las mejores propuestas que nos llevan a aminorar los males que hoy padecemos, podamos elegir sin temor a equivocarnos. Ahí radica el precepto fundamental de la democracia, de nuestra democracia. Recuperarla del secuestro al que la tiene sometida un solo partido, es un imperativo básico, tan necesario e indispensable para que el paradigma cambie, pero dicho cambio tiene que enfocarse hacia una mejora sustantiva en la calidad de vida de los mexicanos.
Cansados estamos, al menos así lo pienso y siento, de “candidatos mediáticos” y de falsas promesas de campaña. Los hechos que hasta el momento hemos observado en nuestro país son, en primera instancia, los que nos deben llevar a la reflexión y análisis profundo de las circunstancias para, después, concienzudamente, tomar la mejor decisión, aquella que consideremos pertinente.
El cambio, créamelo, no está en los “cielos del poder”; el cambio está en nosotros mismos.

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