385 Grados
Opinión

Todas Caben… Un paso por el bien de todos

385 Grados / Bibián Ordáz Llánes / Tlaxcala / Cierto que en este país paree que la democracia ha avanzado. Hoy el otrora partido hegemónico está a punto de perder uno de los bastiones electorales que por muchos años le ha redituado ganancias en ese ámbito. Y precisamente, si es derrotado en el Estado de México en junio próximo, tal vez se abra una puerta que ha permanecido cerrada por varias décadas.

México encara un serio dilema sobre el rumbo de la riqueza que genera.

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Se destinan recursos para financiar costosas inversiones en infraestructura, además, se remiten aún más capitales para atender los llamados derechos sociales en materia de educación, inversión en infraestructura y, por supuesto, al combate a la pobreza, al reforzamiento de la seguridad pública, etcétera.

El estatismo es un sistema político de gobierno totalitario donde los gobernantes “administran” la riqueza de un país. Además, “tutelan” gran parte de las organizaciones o empresas privadas mediante leyes y decretos, para tener el monopolio de la actividad completa del país.

A diferencia de las dictaduras tradicionales de militares o de derechistas extremos, tienden a utilizar el estatismo como una forma de gobierno, con el pretendido argumento de que lo hacen para equilibrar la distribución de la riqueza del país y eliminar la pobreza. Por tal razón, llegan a tener un gran respaldo popular, hasta que empiezan a declinar en la solución de los problemas básicos de las poblaciones, por la sencilla razón de que la generación de la riqueza necesaria no es posible lograrlas con un obsoleto sistema económico.

Una particularidad muy generalizada entre gobiernos totalitarios estatistas, es su resentimiento hacia el libre mercado, al cual atacan y acusan de ser el culpable de las injusticias sociales del mundo. Según sus argumentos, este sistema produce riquezas las cuales se quedan en manos de unos pocos, para el sufrimiento de las mayorías.

En cierta forma esa es una realidad a medias. El libre comercio es considerado por algunos como un mal necesario, dado que es el sistema económico que produce abundantes riquezas necesarias para producción masiva de alimentos y productos de primera necesidad requeridos por todas las poblaciones del mundo para su bienestar. En contraparte, algunos gobiernos usan el estatismo como herramienta de poder político y económico, para así someter a las poblaciones.

En México esta especie de estatismo imperante no tiene su origen en la recuperación del patrimonio de la nación. Su génesis radica a finales de la década de los 50, cuando se materializó en un régimen en el que el Estado era igual a Patria, partido igual a gobierno y gobierno igual a Nación.

Este sistema nuestro no surge de la Revolución Mexicana; fueron las condiciones del país y del mundo las que propiciaron su imperio hasta que el peso de la misma realidad y de la transformación social lo llevaron a su crisis, proceso que tuvo un elevado costo en el bienestar social.

A estas alturas, con una expectativa de crecimiento mínima, el país demanda menos retórica y más respuestas eficaces. Cierto es que se alcanzaron reformas estructurales importantes al principio de este sexenio, sin embargo, falta dar ese paso. Un paso hacia adelante que no se da por una visión miope de la realidad del país y del mundo que poseen quienes se oponen al progreso verdadero en nombre de la soberanía.

Por ello es importante que prevalezcan las razones; que la perspectiva hacia el progreso gane adeptos sea realmente comprendida por la gente para que el país asista con éxito hacia su propia transformación por el bien de todos.

Recuerden que: “El progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas tal como siempre las ha hecho”. Wayne W. Dyer.

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