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Tlaxcala Capital

Recorre Virgen de Ocotlán calles de capital Tlaxcala y bendice miles de hogares

Jorge ASTORGA/ Como hace más de 400 años, miles de católicos acompañan a la virgen de Ocotlán en su recorrido por calles de Tlaxcala capital, y sus hogares reciben las bendiciones de la patrona más venerada. 

Éste inició desde las dos de la mañana con la tradicional “Bajada de la Virgen, y a su paso es confeccionado kilómetros de alfombras.

LA HISTORIA.

Era el sereno atardecer de un día próximo a la primavera de 1541. El sol despedía ya sobre la comarca sus últimos fulgores, cuando Juan Diego, que iba subiendo por la ladera occidental del cerro de San Lorenzo, penetró en un bosque de ocotes que en aquel tiempo existía.

De improviso, salió a su encuentro una hermosísima señora (era la Madre de Dios), quien con amable semblante, le dijo: “DIOS TE SALVE HIJO MIO, ¿A DÓNDE VAS?

Sorprendido el indígena por tanta bondad y belleza, respondió: “LLEVO AGUA PARA MIS ENFERMOS QUE MUEREN SIN REMEDIO”

Prendada la Madre de DIOS de la ingenuidad del indio, lo invitó a que la siguiera:
“VEN EN POS DE MI, -le dijo- YO TE DARÉ OTRA AGUA CON QUE SE EXTINGUIRÁ EL CONTAGIO, Y SANEN, NO SOLO TUS PARIENTES, SINO CUANTOS BEBIEREN DE ELLA; PORQUE MI CORAZÓN, ESTA PUESTO A FAVOR DE LOS DESVALIDOS, YA NO SUFRE DE VER TANTAS DESDICHAS”.

Juan Diego, en sus frecuentes viajes por aquellos lugares, jamás había visto fuente alguna; sin embargo, siguió dócilmente a su bienhechora hasta una quebrada de la vertiente del cerro, junto a una barranca, donde ella le mostró la fuente del Agua Santa.

“TOMAD DE ESTA AGUA CUANTA QUERÁIS, -dijo María-, SEGURO DE QUE EL CONTACTO DE LA MAS PEQUEÑA GOTA, SENTIRÁN LOS ENFERMOS NO SOLO ALIVIO SINO PERFECTA SALUD”

Obediente el indígena, lleno su cántaro con el agua milagrosa, y prosiguió su camino a Xiloxoxtla, su pueblo natal. Él llegando a su casa suministró a los enfermos de peste el agua nueva que traía en su cántaro, y éstos recuperaron su salud, pronto la noticia del suceso corrió por todo el pueblo muchos cuyos vecinos acudieron a la casa de Juan Diego, para oír de sus labios la Aparición de Zoapilzin (Señora Mujer) y beneficiarse con el agua milagrosa.

Antes de partir Juan Diego a su pueblo, la celeste Señora le ordenó:

“AVISA A LOS RELIGIOSOS, DE MI PARTE, QUE EN ESTE SITIO HALLARÁN UNA IMAGEN MÍA, QUE NO SOLO REPRESENTA MIS PERFECCIONES, SINO QUE POR ELLA PRODIGARE MIS PIEDADES Y CLEMENCIAS: LA QUE HALLADA, QUIERO QUE SEA COLOCADA EN LA CAPILLA DE SAN LORENZO”.

Recibido este mandato de la Virgen, y después de haber investigado al indio minuciosamente, los religiosos franciscanos se trasladaron al lugar del suceso con el Guardián a la cabeza, ya anochecido. Un prodigio los detuvo y los deslumbró: Ardían con grandes llamaradas y sin consumirse los árboles del bosque, especialmente un corpulento ocote o pino. A éste le pusieron una señal y se fueron a su convento, por estar ya muy entrada la noche.

Al siguiente día, volvieron temprano al lugar y al golpe de hacha abrieron el ocote señalado. Dentro en el corazón del ocote, descubrieron la imagen de María Inmaculada, produciendo el hallazgo entusiasmo y admiración indescriptibles.

Entre una multitud jubilosa, los religiosos llevaron a hombros la imagen hasta la capilla de San Lorenzo, situada en la cumbre de la colina, y la acomodaron en el trono que ocupaba el Santo Mártir San Lorenzo.

Cuenta la leyenda , que el sacristán se sintió mucho porque bajaron a San Lorenzo, titular de la capilla, del lugar principal para colocar a la Virgen. Tres veces porfió, a puerta cerrada quitando a la Virgen y poniendo a San Lorenzo, pero la Virgen por obra de los ángeles, se restituía cada vez milagrosamente a su lugar. Esta porfía, que suena a leyenda bonita, expresa eficazmente el deseo de la Virgen. ¿Quién podrá negar en adelante, que la voluntad de la Madre de Dios fue tener su casa propia en medio de este glorioso pueblo de Tlaxcala y ser desde aquí vida, dulzura y esperanza de cuantos llaman a sus puertas?

En estos términos y «sin cosa en contrario durante cuatro siglos», lo ha contado la tradición; así después, lo cantaron los poetas y lo plasmaron los pintores. Desde aquel entonces, el ocote, ahora Ocotlán, sigue iluminando las almas, y el Agua Santa, o Pocito, continúa sanando los cuerpos.

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