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Opinión

Error e irracionalidad con Juan Carlos Gilbert Villegas

 

No creo ser un buen articulista, pero cuando menos me permito el placer de plasmar de vez en cuando mis opiniones sobre diversos temas. Quizá hay cierta recurrencia a la cuestión política, pero finalmente no es hablar de política por hablar de política para justificar el espacio que amablemente me han permitido en este medio digital. Cuando hablo de política lo hago generalmente tratando de valorar dos aspectos importantes en la consolidación de la experiencia humana: el demos y la areté, aunque no siempre lo logro y termino discurriendo hacía otros horizontes reflexivos. Espero esta vez poder compensar las limitaciones como articulista, tocando ciertos aspectos que considero trascendentes.

El demos, que casi todos remitimos a la acepción etimológica de origen griego: el pueblo, que al conjugarse con el kratos: poder, etimología también de origen griego, nos permite establece la palabra democracia y su significado primigenio: el poder del pueblo, nos plantea la necesidad de responder a interrogantes que asaltan el subconsciente en esta actualidad sumida, por un lado,  en lo complejo y, por otro lado, en lo etéreo:[i] ¿Todavía está vigente el significado original del termino democracia? De ser así… ¿En qué consiste este poder del pueblo?

Han pasado ya varias centurias desde que los griegos acuñaron el término con el que dieron sentido al papel del hombre, convertido en ciudadano, en el acontecer de la polis griega: el hombre no existe sino en ella y a través de ella; de ahí que su participación en la vida pública de la Ciudad-Estado fuera expresión de su realización política, como posibilidad y no simple quimera, no para elegir gobernantes sino para tomar decisiones que beneficiaran a la comunidad. Hoy la democracia parece ajena a toda significación que convalide el compromiso y la participación del hombre, en tanto ciudadano, en la toma de decisiones que lo involucran de manera directa.

El demos pierde protagonismo, de por sí siempre acotado, permitiendo que sea hoy la partidocracia quien se adjudique “el derecho de tomar decisiones a nombre de todos…” La evidencia pone de manifiesto que, desde que la democracia asume su forma moderna y da vida a los partidos políticos, se privilegian los intereses de un reducido grupo de “notables” para quienes el pueblo no cuenta. La pregunta obligada sería: ¿Qué ocurre en la conciencia del demos? ¿Qué hay detrás de esta ontología de la imposibilidad? ¿En qué y en quién piensan los notables a la hora de tomar las decisiones políticas? ¿Cuál es el contenido ético que anima la actuación de los notables?

La areté alude al conjunto de virtudes que para los griegos debe poseer el hombre y, en consecuencia, el ciudadano. La paideia, por lo tanto, se compromete con la manifestación de la ética en la actuación de los griegos: tanto los que toman decisiones como los que son responsables de ejecutarlas. Lo ético es consustancial entonces a la realización del hombre y es a partir de ahí que se garantiza el bienestar colectivo. Toda decisión debe anteponer el interés de la polis al interés personal. No hay excusa para que no sea de otra manera. Los valores y virtudes son constitutivos de una moral pública que dignifica la condición humana.

Hoy, no sólo en México sino también en otros ecosistemas sociales y políticos, las virtudes y valores que acompañaron la idea del hombre desde el renacimiento, pasando por la ilustración, y se expresan en la visión racionalista de la modernidad, ha sido suplantada. Los principios han perdido peso y los valores son sustituidos por antivalores. La globalización[ii] y el papel de los mass media son fundamentales en su difusión: véase la polémica de televisa y tvazteca por las narcoseries. Lo curioso es que la polémica lejos de centrarse en el contenido de la programación y los principios y valores que promueve, como cabría suponer, tiene como telón de fondo la disputa por el rating televisivo. Estamos pues en presencia de una modernidad etérea.

Lo interesante aquí sería establecer, de cerca ya a la tercera década del siglo XXI, que es lo que está en el centro de todo este oscuro acontecer.

Se me antoja recuperar el señalamiento que hace poco más de un año me hacía mi hijo pequeño, en una plática de las que acostumbramos tener a menudo, en el sentido de que “somos un error”. La razón de ello, según mi interlocutor es la de que somos una especie que destruye todo lo que nos da la naturaleza y la sociedad, agregando que lo hacemos por codicia. La razón de ello, señalaba, es que queremos poder y dinero, no queremos ser simples personas, y ello porque creemos que así seremos felices.

A la pregunta que le dirigí sobre cómo podíamos cambiar esta circunstancia me refirió que necesitaríamos ser menos idiotas, menos codiciosos, menos torpes, menos ambiciosos del dinero y del poder. Y agregaría que no había mucho que hacer pues, aunque intentáramos hacerlo, cada vez terminaríamos en lo mismo. Somos egoístas y eso es no interesarse por los demás: los intereses de pocos son más importantes que las necesidades de muchos. Las decisiones del hombre no son siempre correctas.

Decidí corroborar que pensaba de estas ideas transcurridos los meses y volvía a cargar sobre el tema. Me sorprendí de encontrar las mismas respuestas. Me plantee la necesidad de establecer que era lo que de una u otra manera establecía condiciones para establecer “el error”, tarea que por cierto no pretendo agotar en este espacio, partiendo de la consideración de que si somos una especie racional luego entonces por qué somos capaces de las idioteces a que aludía y alude mi párvulo interlocutor. Es una tarea ardua y difícil sobre todo si consideramos que el tránsito de nuestra irracionalidad animal a nuestra racionalidad humana, se acompaña de nuestra creciente capacidad no sólo de pensar sino de tomar decisiones responsables, honestas, respetuosas, democráticas.

Luego entonces… ¿Qué ocurre con la posibilidad de realización de lo humano? ¿Estamos pues frente a una ontología de la imposibilidad que niega la posibilidad de la realización humana? Hay aún mucho por caminar en este discernir sobre la irracionalidad de la racionalidad que acompaña nuestra exigencia de llamarnos a nosotros mismos “seres humanos”.

Invitación…

Por cierto, la reflexión sobre los temas abordados en el presente artículo será abordada el próximo 9 de diciembre del año en curso, en las instalaciones del Campus Tlaxcala de la Universidad Santander, ubicadas en Calle Durango No. 10, colonia El Alto, en Santa Ana Chiautempan, donde se llevará a cabo el 1er. Coloquio de Humanismo. Diálogos sobre Educación, Historia y Filosofía, con la participación de ponentes de diversas instituciones, destacando la presencia de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Tlaxcala y la Universidad Santander-Tlaxcala.

 

[i] Bauman habla de la modernidad líquida en la que los referentes se diluyen. Me parece que más que un escenario líquido asistimos hoy a una modernidad etérea en la que no hay posibilidad.

 

[ii] Schmelkes refiere a la globalización de la pobreza, la delincuencia, la inseguridad, etcétera, y sus correspondientes principios y valores.

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