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Opinión

Todas Caben… Bibián Ordáz Llánes

¡Viva el optimismo!

Seguro que muchos nos hemos preguntado en algún momento de nuestras vidas, precisamente en ese lapso de tiempo en que pareciera que todo, absolutamente todo y todos están en nuestra contra, si vale la pena ser optimista o presentar una cara que refleje ese estado de ánimo aun cuando en nuestro interior todo esté de cabeza.
Y es que en estos tiempos en donde la falta de buenas noticias en los diferentes ámbitos es ya común y tal parece que mucha gente ya se ha acostumbrado a ello. El que alguien pretenda sonreír o mostrar una cara distinta, de optimismo, ante esta realidad, es tachado de insensible que vive ajeno a los hechos cotidianos.
En cambio para muchos la realidad es tan cruel y avasalladora que no deja espacio ni siquiera para esbozar una sonrisa. Todo lo ven negro, sin futuro, sin motivos para siquiera dar un paso al frente, antes bien retroceder o hacerse a un lado.
Este tipo de personas mantienen una mirada negativa sobre la vida, sobre las situaciones que suceden a su alrededor. El pesimismo se caracteriza por presentar todo o numerosas situaciones de manera negativa, sin permitir que salgan las cosas positivas, las enseñanzas y aprendizajes que cada circunstancia puede tener también.
Se podría considerar que un pesimista es alguien con algún tipo de alteración emocional o psicológica que le impide encarar las situaciones con confianza, con alegría o comprender aquellos momentos que vive como instantes de aprendizaje, esfuerzo y logros. Por lo general, alguien desanimado se ve invadido por la angustia, el temor, el miedo, la decepción, la amargura y la negatividad.
Alguien así, además, puede llegar a desarrollar problemas de tipo social en tanto que las personas que lo rodean suelen cansarse o hastiarse de su actitud permanentemente negativa sobre la vida. Para muchos el pesimismo es contagioso, ya que es más fácil observar las cosas negativas de la vida que las buenas. Por eso, cuando una persona es extremadamente pesimista, suele también recluirse socialmente, no disfrutar la compañía de otros, ser poco tolerante a los demás y terminar contando con numerosos problemas sociales, laborales, familiares y amorosos.
Pero qué ocasiona que unos vean el mundo, la vida, con ojos optimistas y otros más, solo miren un túnel negro que no conduce a ningún lado.
En este sentido, los científicos llevan tiempo buscando y debatiendo sobre cuáles son los factores que forman la personalidad de cada ser humano y si existe la posibilidad de modificarla. En su libro Una mente feliz la psicóloga Elaine Fox, hace referencia a que el pesimismo y el optimismo están ligados fuertemente con el cerebro humano, lo cual no quiere decir que sean inalterables.
Fox condensa en su libro una serie de teorías sobre las causas que nos orillan a ser optimistas o pesimistas. Estas conjeturas la académica las soporta con los resultados de las más recientes investigaciones hechas por psiquiatras, genetistas y neurólogos sobre la depresión, la euforia, la forma en cómo responde el ser humano a la risa o a la tristeza.
Para Fox los optimistas no tienen de otra que ser optimistas al igual que los pesimistas no tienen más que ser pesimistas. Como si su camino ya estuviera marcado de origen y no hubiese posibilidad de cambiarlo.
Lo anterior se puede ver reforzado empíricamente si nos basamos en el hecho de que a los optimistas les suceden cada vez más cosas buenas y a los pesimistas más cosas malas. Pero lo cierto es que esto tiene más que ver con la forma en cómo afrontamos y vemos las vida y no en un designio.
Ser optimista no quiere decir, como muchos piensan, que se es ingenuo o se sonríe sin motivo alguno y entonces se es feliz. Más bien es una actitud frente a la vida. El tener esperanzas fundadas de un mejor futuro y tener confianza en que las cosas saldrán bien. Es aceptar los bueno y lo malo que se presenta a diario en el entorno cercano.
Si aceptamos la vida como se nos presenta, con sus momentos felices y tristes, y tenemos la confianza y la certeza de que podemos cambiar los momentos sombríos por algo menos triste o simplemente dejarlos pasar. Seguramente que nos volveremos cada vez más resistentes y persistentes, yendo hacia adelante aun cuando las cosas no pinten tan bien. Es tener valor para enfrentar la realidad y poder contagiar a nuestros semejantes.
Es decir implicarse en la vida. Porque la gente que está implicada en lo que hace es más feliz. Y es que la felicidad no depende del dinero que se gana, sino de estar contento con lo que se hace, estar comprometido. Es el compromiso un elemento clave de la felicidad, afirma Elaine Fox.
Son esos pequeños detalles, como ir al cine con los amigos, lo que hacen sentir bien. Si se empieza mal un día no necesariamente las 24 horas serán malas. Basta una risa, una broma, un abrazo para que se transforme lo negativo en positivo.
Y lo anterior depende de cómo rediseñamos nuestro cerebro para dejar de lado el pesimismo y ser una persona positiva, alegre, optimista.
Recuerden que: “El optimismo es la fe que conduce al éxito. Nada puede hacerse sin esperanza y confianza”. Helen Keller.

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