385 Grados
Opinión

Todas Caben… Con Bibián Ordáz Llánes

A 31 años

La solidaridad, responsabilidad y compromiso social de los mexicanos se han manifestado en diversas situaciones. Los ciudadanos nos hemos organizado de manera desinteresada para ofrecer ayuda a quien lo necesita. Lo hemos visto o vivido en las catástrofes naturales como inundaciones, terremotos y sequías.
La mañana del 19 de septiembre de 1985 un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter afectó las zonas centro, sur y occidente de México. La capital del país fue la más afectada. Como consecuencia del terremoto, muchas construcciones sufrieron daños. Unidades habitacionales, hospitales, escuelas, centros de trabajo y hoteles se derrumbaron o sus estructuras sufrieron severos daños.
Miles de personas quedaron sepultadas bajo los escombros. La gente acudió de forma espontánea y con prontitud a ayudar a los afectados. Se organizaron brigadas para realizar actividades de rescate, remover escombros, donar sangre para los heridos, aprovisionar los albergues y dar de comer a los voluntarios que buscaban sobrevivientes debajo de toneladas de escombros.
La respuesta de la población a la tragedia, su solidaridad con las víctimas, su capacidad para hacerse cargo de mantener el orden en la ciudad y encargarse de las tareas de rescate, mientras el gobierno federal se sumía en el desconcierto y la inactividad, sembraron en la capital y en todo el país las bases para una nueva cultura autogestiva.
Aquella desgracia evidenció a la administración del entonces presidente Miguel de la Madrid, quien pretendía mostrar al mundo una cara muy distinta a la realidad. El desastre rebasó la capacidad de respuesta del gobierno y la sociedad decidió tomar en sus manos las riendas de su destino y trasformó así el rumbo del país.
México cambió. En los días que siguieron afloraron los valores más profundos de los mexicanos: el trabajo en equipo, la generosidad, la solidaridad, la entrega sin límites, el sentido de pertenencia a una comunidad y a una nación unida. Nació también la conciencia de una nueva fortaleza y despertó a una nueva ciudadanía que aprendió que muchas manos unidas podían salvar vidas y rescatar a quienes habían quedado atrapados entre los escombros.
La suma de voluntades que se hizo presente en esos días entre los mexicanos puso de manifiesto que unidos se podría enfrentar cualquier contingencia por difícil que fuera y cambiar la dirección de la nación. La participación de la sociedad brotó con incontenible fuerza y dignidad hace 31 años; del dolor y la tragedia surgió la unidad, la conciencia de la fuerza que da la unión.
Si bien es cierto hoy nuestro país no ha padecido un desastre de las dimensiones como el ocurrido en septiembre de 1985, también lo es que hoy enfrentamos circunstancias que ponen a prueba los valores demostrados en aquella ocasión.
La lucha contra la delincuencia y el crimen organizado que, un día sí y otro también, cobran nuevas víctimas; el batallar de los trabajadores y amas de casa por estirar los ingresos para alimentar a sus familias; la contracción de la economía; las reformas estructurales que no terminan de cuajar, son hechos que de pronto nos llevan a la confrontación, al desánimo, a la apatía.
Frente a esto, no es sencillo mantener la calma, la serenidad, la unidad. Sin embargo, las incontables pruebas de generosidad y entrega demostrada por cientos de ciudadanos hace 31 años, dejaron una huella imborrable del carácter de los mexicanos, de la calidad humana de los lazos que nos unen y de la fortaleza que llega a tener la sociedad organizada y participante.
Acaso la principal enseñanza de la tragedia de septiembre de 1985 sea que las mujeres y hombres de este país la supieron afrontar con entereza, la superaron con esfuerzo y constancia, y surgió una sociedad más hermanada en la conciencia de nuestros derechos y nuestras responsabilidades.
Hoy México es más fuerte, no olvidemos nunca lo que unidos somos capaces de hacer.
Recuerden que: “Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos. Juan Donoso Cortés.

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