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Opinión 385… Los hombres también lloran

Bibián Ordáz Llánes/ Aunque la maternidad es un elemento clave de la identidad femenina, esto no implica en absoluto que se considere a la mujer exclusivamente bajo el aspecto de la procreación biológica. Toda vez que pueden existir graves exageraciones que exaltan la fecundidad biológica en términos meramente vitalistas, y que a menudo van acompañadas de un peligroso desprecio por la mujer.

Porque la mujer más que ser solo parte de la familia, hoy su aportación en la vida social y de negocios es innegable.
Sin embargo, no se puede olvidar que la combinación de las dos actividades -familia y el trabajo- asume, en el caso de la mujer, características diferentes que en el del hombre. Se plantea por tanto el problema de armonizar la legislación y la organización del trabajo con las exigencias de la misión de la mujer dentro de la familia.
Por ello se requiere de una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. De tal modo que las mujeres que libremente lo deseen podrán dedicar la totalidad de su tiempo al trabajo doméstico, sin ser estigmatizadas socialmente y penalizadas económicamente.
Por otra parte, las que quieran desarrollar también otros trabajos, puedan hacerlo con horarios adecuados, sin verse obligadas a elegir entre la alternativa de perjudicar su vida familiar o de padecer una situación habitual de tensión, que no facilita ni el equilibrio personal ni la armonía familiar.
En este sentido, es por muchos sabido, aunque no reconocido públicamente, que quienes se dedican a contratar personal para las empresas se la siguen pensando mucho antes de decidirse contratar a una mujer.
Y es que la estructura socioeconómica mexicana pone en condiciones de desventaja laboral a la madre y esposa. Basta pensar en los horarios de las escuelas, en la escasez de guarderías y todo un sinfín de pequeños detalles que enfrentan a la ejecutiva ante la elección entre trabajo o familia.
Y más cuando se presenta la oportunidad de acceder a puestos de alto nivel dentro de las empresas: sacrificar sus proyectos familiares en el altar de la empresa o contentarse con desempeñar puestos medios.
Este problema no es exclusivo de la mujer profesional. Frecuentemente el hombre triunfador en el mundo laboral es el gran ausente en la familia. La educación de los hijos sigue corriendo a cargo de las mujeres. Al padre le corresponde llevar el sustento a casa y, con este pretexto, se deslinda de otras responsabilidades. Hace las veces de proveedor, no de educador.
Ante este hecho, y sin dejar de lado los esfuerzos por promover los derechos a los que las mujeres pueden aspirar tanto en la empresa y en la familia, es preciso corregir la perspectiva que considera a los hombres como enemigos que hay que vencer. La relación hombre-mujer no puede pretender encontrar su justa condición en una especie de contraposición desconfiada y a la defensiva.
De ahí que resulte urgente que los hombres asuman lo que siempre se han asumido como valores femeninos: hospitalidad, comprensión, piedad, cuidado de la naturaleza, y sobre todo, llorar, porque los hombres sí lloran. Y simultáneamente, rechazar lo que se considera propio de hombres, como la guerra o la violencia en general.
Recuerden que: El hombre llora; este es su más hermoso privilegio. Abad Jacques Delille

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