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Opinión 385… ¿A dónde vamos?

Bibián Ordáz Llánes/ El fin de semana pasado los medios de comunicación dieron cuenta de una jornada de violencia ligada al crimen organizado que dejó al menos 39 muertos en nueve entidades, entre ellos 10 personas que fueron halladas calcinadas en Michoacán y siete miembros de una familia en Guerrero.

Al respecto, el diario Milenio dio a conocer el lunes 1 de agosto un recuento de los homicidios ocurridos durante el presente sexenio. “Por segunda ocasión en lo que va del sexenio el número de homicidios dolosos relacionados con el crimen organizado superó la barrera de los mil para ubicarse en mil 54 víctimas mortales en julio pasado.

“La cifra de asesinatos registrada el mes pasado representa la más alta en la presente administración, tras superar las mil 48 víctimas registradas en marzo de 2013… El número de homicidios vio un aumento por tercer mes consecutivo”. (Hernández M y López R. Agosto 1, 2016. Julio, mes más violento desde marzo de 2013. Milenio).
La inseguridad es un tema que frecuentemente está presente en la pláticas de todos y cada uno de los mexicanos, escuchamos, leemos y vemos por todos los medios de comunicación, noticias escalofriantes acerca de la creciente delincuencia organizada en nuestro país, porque lamentablemente es un mal que se dejó crecer y que ahora ha alcanzado niveles exorbitantes afectando la vida diaria de la sociedad mexicana, ya que por desgracia este flagelo no es algo que solamente afecte a miembros de alguna clase social, religión o sexo; nos afecta a todos por igual.

Es un problema en extremo serio. Mientras no sea resuelto, será menos que razonable esperar un progreso sostenible y consistente. Simplemente no tiene sentido querer bienestar económico, cuando el bienestar físico es atacado consistentemente.

Si desmenuzamos la noción de un gobierno cualquiera y su razón de ser, llegaremos a la conclusión de que antes que cualquier otra cosa, la salvaguarda de los intereses personales del individuo es la causa esencial de la existencia de un gobierno.

Quienes vivimos en sociedad tenemos una prioridad muy clara, que es nuestra protección, la de nuestras personas y la de nuestros bienes.

Este es el requisito básico para la sociedad y la razón de fondo para querer un gobierno, alguien que pueda asegurar de manera razonable nuestras vidas. Desde luego, la única manera para que esa defensa de las vidas y propiedades de los ciudadanos pueda realizarse es la concesión de un poder extraordinario al gobierno, que es el poder de usar la fuerza. Este poder es necesario para poder cumplir con la función de cuidar la vida de los ciudadanos. Sin uso de la fuerza no sería posible arrestar, enjuiciar, ni poner en prisión a quienes dañan a los demás.

Pero este poder para usar la fuerza es tan grande que debe ser limitado sobre la base de leyes que protejan la vida del ciudadano, pero también impidan el abuso del poder del gobierno. Dado el poder para usar la fuerza, se necesita una serie de reglas que guíen el uso de esa fuerza. Esas normas, desde luego, surgen de un principio esencial, la dignidad de la persona humana.

Si todas las personas son dignas, eso significa que nadie tiene el derecho de atacar esa dignidad y que quien lo haga se coloca fuera de esas reglas y debe ser castigado. La razón del castigo es doble, por un lado se trata de reparar el daño causado y por el otro se intenta prevenir actos similares futuros.

El mecanismo no es complejo de comprender y, sin embargo, es frecuentemente soslayado por muchas autoridades. México es ejemplo de la mala aplicación de la función esencial del gobierno. Y resulta lógico que si al tener esa falla surja su consecuencia lógica, mayor criminalidad.

Por ejemplo, la policía no funciona adecuadamente, los criminales gozan del incentivo de tener pocas probabilidades de ser atrapados y si lo son, sus condenas son mínimas o en el peor de los casos, son liberados debido a que se viola el debido proceso.

Un gobierno que ha descuidado su función esencial de proveer la seguridad de los ciudadanos es como tener automóvil que no nos lleva a ninguna parte. No importa que ese vehículo sea último modelo, pues no cumple con lo que debe.

Por el bien de los ciudadanos y del país, ya va siendo hora que las autoridades de los tres niveles se apliquen y retomen adecuadamente una de las funciones principales de todo gobierno que es la salvaguarda de la integridad física de la sociedad.

No es fácil, cierto, pero si no se comienza ahora, la criminalidad hoy presente en varias ciudades y estados de la República mexicana pronto se extenderá como un cáncer a todo el territorio nacional.

Recuerden que: “Los políticos tímidos e interesados se preocupan mucho más de la seguridad de sus puestos que de la seguridad de su país”. Thomas Macaulay.

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