385 Grados
Opinión

Materia oscura con Arturo Juárez

Metahumanos, proteger a la democracia de sí misma

-Pretenden que nos quedemos aquí
como presos. Deberíamos salir a buscarlo.

-Cariño, debemos confiar en ellos, ¿sí? Es nuestro gobierno.
Están de nuestro lado.
Stranger Things

Alan Moore nos mostró hace varios años con Watchmen, una de las críticas más mordaces al trabajo conjunto de los metahumanos -superhéroes- con autoridades civiles, cómo terminan esos seres cuando auxilian al Estado en su pleno uso legítimo de la violencia, la mayoría de las veces.

«La mugre acumulada de todo el sexo que practican y de todos los asesinatos que cometen les llegará a la altura de la cintura y todas las putas y los políticos alzarán la cabeza y gritarán: ‘¡sálvanos!’… Yo miraré hacia abajo y susurraré ‘no’.»

Con esas líneas, Rorschach, integrante del grupo de antihéroes creado por el muy británico Moore -algunos desencantados con la humanidad toda, otros solamente retirados de una vida pública de proezas, todos ellos otrora aliados del gobierno de los EEUU (de quién más podría tratarse) en su lucha contra el comunismo- imprime en unas cuantas líneas el sentimiento que un ser con habilidades extraordinarias, experimenta ante la deslealtad y vacuidad del género humano.

En alguna ocasión escuché fundamentar a Carlos Monsivais, con ayuda de la forma del mito, sobre la necesidad de la raza humana de crear a personajes como Superman, el hombre de acero; palabras más palabras menos, el extinto cronista urbano dejaba en claro un punto: Clark Kent necesita existir y salvarnos, a la vez que no puede provenir de este planeta, incluso de este universo; no, su nacimiento tiene que sucederse en algún lugar alejado de la Tierra que asegure su bondad, su pureza; tiene que ser bueno sin dudarlo y por ello no podría ser terrestre.

Con el mito literario o narrativo,  nosotros -los simples mortales- damos cuenta de aquello que se le escapa a nuestro muy elemental razonamiento lógico o meramente de eso que nos resulta aún difícil de comprender -de asir a nuestra consciencia- sobre los avances científicos o tecnológicos y sus interrogantes (generadores de partículas, hoyos negros, lunas de Júpiter, etcétera, etcétera); y también, porqué no, el mito nos abofetea el rostro y sirve para simplificar a nuestras almas la cotidianeidad de aquello que Hobbes llamaría el Leviatán.

Es así que con nuestra sensibilidad ampliada, gracias a la aparición de personajes superdotados ya sea en historietas o películas, logramos llegar ‘a las fronteras de lo lógico y el progreso’; y con ello, entramos en dificultades, debido a que sí, en efecto, esos entes que vuelan, atraviesan dimensiones, viajan a la velocidad de la luz, gozan de inteligencias muy pero muy por encima de la media, tienen poderes psíquicos o su poder de indagación es formidable, entre otras muchas más habilidades; para bien o para mal, también pueden ser presa de la tiranía burocrática del Estado como cualquier hijo de vecino en aras de mantener el orden social o proteger nuestras modernas ‘libertades’.

Villanos sentimentales reclutados -nuevamente- por los aparatos de inteligencia de los vecinos del norte con finalidades poco claras (Suicide Squat) o niñas martirizadas, otra vez por siniestras agencias oficiales estadounidenses, por sus habilidades mentales metadimensionales (Stranger Things), son sólo dos ejemplos y los más recientes, de la contingencia en la condición humana de crear mythos y así explicarse sucesos, cosas, fenómenos, ya sean estos viles intereses geoestrategicos o la mera crueldad.

Alan Moore, enclaustrado en su domicilio, sabedor como pocos de la génesis de los héroes, provoca y manifiesta su odio hacía el género. Mientras todos observamos fascinados como Harley Queen enloquece o Eleven hace volar camionetas, Moore, tal vez cabizbajo, contempla como aquellas dos son la más pura expresión de nuestra estupidez, chivos expiatorios de todas aquellas desviaciones que de otra forma no nos atreveriamos a mencionar, a señalar, a observar

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