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Opinión 385… Impunidad, divino tesoro

Bibián Ordáz Llánes/ Con las recientes reformas en materia de lucha contra la corrupción se pretende que este flagelo social se acabe. Que aquéllos que siendo funcionarios cometan actos de cohecho sean castigados severamente, además de inhibir que otros lleven a la práctica actos de soborno o hagan mal uso de los bienes que le son conferidos para realizar su función.

Sin embargo, es un hecho que reformar no es necesariamente el camino para edificar el país que todos anhelamos. Basta mirar que las recientes modificaciones a las leyes en materia financiera, energética, comunicaciones y educativa no han provocado los resultados prometidos.
En el caso de las reformas en materia de anticorrupción no necesariamente auguran acabar con este flagelo. Toda vez que depende de las leyes secundarias y su debida aplicación. Y es aquí donde aparece un complemento de aquel, la impunidad.
La impunidad está en todo. Tendemos a asociar el término únicamente con delincuencia y criminalidad, pero la realidad es que lo mismo está presente en las compras de los gobiernos en sus tres niveles, que en la educación, en la forma en que se comportan los grandes grupos económicos y en la naturaleza de muchos de los sindicatos. Lo cual nos lleva a percibir al país como un gran espacio de impunidad.
La impunidad tiene muchas caras y formas de manifestarse. Si aceptamos el principio de que todo aquello que entraña una ausencia de rendición de cuentas implica impunidad, el país está saturado de este tipo de situaciones.
Un ejemplo. En nuestro sistema político, las cuentas se rinden, cual rey, al presidente, al gobernador, al edil, al partido político. Mientras que en una democracia la rendición de cuentas debería ser ante la sociedad y, en su caso, ante la justicia, pero en México hasta ahora no es así.
Hay muchos ejemplos más de impunidad. Los automovilistas cometemos faltas frecuentes y hasta nos ofendemos cuando un policía nos detiene y, peor, cuando nos sugiere compensar nuestra violación al reglamento con un pago a su criterio, es decir, la consabida mordida.
La impunidad está en todas partes y no es exclusiva del gobierno. Por desgracia algunos sindicatos se han vuelto verdaderos depredadores de la sociedad: demandan cada vez mayores beneficios sin mejorar su productividad o calidad. Quizá lo más grave de nuestro régimen de impunidad es que nadie está al margen.
Infortunadamente el país está diseñado para diluir la responsabilidad de quien ostenta cargos públicos. Las dependencias estatales y federales que se suponen estas diseñadas para supervisar y sancionar este tipo de actos, pareciera que solo sirven para encubrir más que para transparentar. Funcionarios corruptos son perdonados sin más o castigados con penas irrisorias. Todo premia la impunidad.
Dejando a salvo la honra y capacidades de aquellos buenos funcionarios o empleados públicos, lo cierto es que todos los días nos enteramos de más y más funcionarios que incumplen con sus deberes o que lisa y llanamente no saben cómo cumplirlos.
Muchas veces, los responsables de sus designaciones, subestiman las calidades y cualidades que deben reunirse para ocupar diversos empleos públicos, y ubican en aquellos, a personas que carecen de la preparación más elemental. En definitiva, se instalan individuos que carecen de la preparación necesaria, quienes en lugar de obrar al menos con cautela, se montan en el poder y no sólo desnaturalizan la verdadera esencia de la función pública, sino que a partir del irregular ejercicio de sus cargos, generan gravísimos perjuicios a los destinatarios y receptores de sus pocos aciertos y de sus innumerables errores.
La impunidad es producto de que nadie tiene que rendir cuentas. Ningún funcionario parece obligado a atenerse a marcos institucionales y muy pocos institucionalizan sus decisiones. Pareciera que la impunidad es ya parte de nuestra naturaleza, pero no es algo inevitable.
Nuestras leyes e instituciones promueven la impunidad. Ahora bien, si las leyes secundarias y reglamentos del naciente Sistema Nacional Anticorrupción son transparentes y cumplibles, el país será otro, pero no de la noche a la mañana. Recordemos que el diablo está en los detalles.
De la serie de televisión The Sopranos: ¿Que estoy detenido? De acuerdo. La última vez tardé tan poco en salir que mi sopa todavía estaba caliente cuando llegué a casa

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