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Opinión

Materia oscura y entre Almodóvar y las películas beta

Ay, cuánto diera yo…

Por verte una vez más, amor de mi cariño.

¡Por Dios que si te vas!

Me vas a hacer llorar,

como cuando era un niño

Chavela Vargas, Si no te vas.

Escasos cumplidos nueve años, Almodóvar se hizo presente en mi vida. Fue con aquella película que discurre sobre los ataques de nervios de mujeres, de algunas mujeres, y uno que otro masculino.

Fue tiempo después del sismo del ochentaicinco, eso lo tengo muy presente. Esa fue la causa de nuestra llegada a Tlaxcala, mi familia y yo, y de nuestro particular culto al video home.

A la par de muebles, maletas, imagenes, bendiciones de nuestros cercanos, incertidumbre y sufrimiento, llegó con nosotros un maquinaria que sería toda una veneración a todo tipo de emociones en nuestros primeros años en este páramo, un reproductor de vídeocassete beta.

Hablo de finales de los ochenta. Hablo de que conseguir una cinta en aquellos tiempos,  era una odisea o un delito. Copias legales, y escasas a precios exorbitantes o ubicar a contrabandistas fílmicos.

Como se podrá apreciar, todo un dispositivo en el más amplio sentido foucaultiano. No era sólo tener el VCR (acrónimo del inglés video cassette recorder) -adquirido también en la fayuca-, era desafiar a las instituciones, a los aparatos del Estado, a su burocracia fiscal, a sus cuerpos policiales, al status quo del entretenimiento en nuestro país, a sus canales de reproducción cultural (en tu cara Televisa), a sus ídolos pop.

Sí, algo así como lo describen los estructuralistas franceses.

Así fue que conocimos a Freddy Krueger y su  pesadilla en la calle del infierno; a Rambo y su batalla contra los vietnamitas; a King y a su maléfico y femenino automóvil Christine; a Zemeckis y su volver al futuro; y caricaturas, muchos cartones de Merrie Melodies, en inglés la mayoría de ellos, pero ¡qué diablos! la musicalización y las bufonadas de los personajes eran la mejor de las traducciones.

En cuanto oscurecía, Michael Myers -su fijación con la noche de brujas- y otros seres de ultratumba, poblaban la sala de nuestro hogar y nuestras mentes, mientras mi madre, mi hermano y yo degustábamos sendos tlacoyos que vendía la señora de nuestra cuadra y bizcochos de la vuelta de la esquina. Teníamos lo mejor de varios mundos, de varias realidades: la posmodernidad en su esplendor, éramos modernos demasiado modernos.

Sin embargo, ese universo de balazos, tripas, psicópatas, marcianos, seres y lugares encantados, un día fue trastocado, la obra del director español ocupó la pantalla y tomó un cariz especial en mi infancia.

Digamos que mi consciencia estaba preparada y sedienta del horror en todas sus manifestaciones, pero no así para el devenir cotidiano vuelto tragedia griega que el ibérico da a sus producciones.

Y como lo mencioné supra, venga, que de repente un grupo de amas de casa eche somníferos al gazpacho,  y de ahí al entuerto, al mogollón, entre erotismo y melancolía, no es sencillo.

Resultó ser una mezcla aún más peligrosa, todavía, que ver a un demente asestando puñaladas a su hermana.

¿Por qué quién desea confrontar su espasmo y la melancolía de su diario vivir, entre su sexualidad y lo que no fue, de tacones lejanos con un mala educación?

Digamos que Almodovar acarició mi mente, me guiño, una muestra de afecto insidiosa, de esas que te puede hacer el sacerdote, el amigo, el primo, el tío, furtivamente en tu humanidad más íntima: un roce disimulado que despierta un deseo no experimentado, y sí, infecto de pena, pudor y éxtasis, de saber que eso tiene y puede sentir tu cuerpo.

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