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Opinión

El mejor regalo con Bibián Ordáz Llánes

 

Frente a la realidad actual en donde vemos a diario casos de asaltos, robos, secuestros, es decir, un creciente ambiente de violencia, producto de la falta de una verdadera educación. Muchos afirman que es en las escuelas donde los niños y jóvenes deben recibir la educación para que no se produzcan entornos como el de la violencia.

Sin embargo, las instituciones educativas no tienen la función de educar. Su principal objetivo es la de instruir, la de transmitir conocimientos a los alumnos para prepararlos para que enfrenten la vida productiva, ya sea como colaboradores de una empresa o como formadores de fuentes de riqueza.

La educación propiamente dicha corresponde a los padres de familia. Ellos son los que tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos los valores y principios que habrán de servirles para formarse como mujeres y hombres de bien.

Para un desarrollo económico sostenido es esencial el capital humano y su origen, al menos hoy por hoy, tiene lugar en la familia. Desempeña también una función educativa y de transmisión de valores, siendo el mejor antídoto contra la desorganización social.

Sirve de enlace entre generaciones, lo que facilita la transmisión de la cultura y la permite actuar como una red de protección y solidaridad.

Estas características convierten a la familia en una institución de un valor incalculable que la hace merecedora de un mayor reconocimiento social, así como de más atención por parte de los poderes públicos.

En ella los niños comienzan a formar su personalidad, interiorizan valores morales y cívicos, y aprenden actitudes y reacciones emocionales que les acompañarán durante toda su vida. Las familias siempre educan, pero necesitan apoyo para desarrollar su papel de la manera más eficaz posible.

Entender que la familia actúa como red de solidaridad intergeneracional, transmisora de cultura y tradiciones, es determinante para justificar su apoyo, puesto que la solidaridad es un principio básico de un Estado social de derecho, y debería ser un objetivo prioritario para los gobiernos.

El sector público, no puede ser indiferente a las decisiones que toman las familias ni a las nuevas necesidades a las que se enfrentan. Las empresas tampoco pueden ser ajenas a ellas, ya que se benefician, en términos económicos, de familias estables y fuertes porque todos los estudios demuestran que ellas generan trabajadores más productivos. Existen además otros ámbitos en los que las interdependencias son especialmente significativas, demostrando la necesidad de la familia para el crecimiento de un país.

La necesidad de arbitrar políticas públicas para beneficio de la familia no está en circunstancias coyunturales, puesto que existen argumentos más sólidos y duraderos. Es necesario reflexionar en torno a ellos y trabajar en la elaboración de nuevas propuestas, acordes con la realidad de las situaciones a las que se enfrentan.

Las mejores políticas de familia no son exclusivamente de tipo económico. Para tratar de mejorar su calidad de vida es preciso tener en cuenta otros factores y su puesta en marcha exige mucha imaginación y mucha voluntad política.

Haciendo de lado convicciones religiosas o morales, el valor social y económico de la familia resulta incuestionable, y por ello es necesario reclamar a los políticos actuaciones que la reconozcan como un elemento imprescindible para la permanencia y solidez de la sociedad y la conviertan en el centro de sus decisiones.

Toda familia unida es feliz sin importar su composición, su posición económica; los valores humanos no se compran, se viven y se otorgan como el regalo más preciado que podemos dar. No existe la familia perfecta, pero si aquellas que luchan y se esfuerzan por lograrlo.

Recuerden que: “Llámalo clan, llámalo grupo, llámalo tribu, llámalo familia. Llames como lo llames, seas quien seas, necesitas una”. Jane Howard

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