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Opinión

La convulsión Sudamericana en la Séptima Jornada

Por Salazar Santos-Aguilar.[1]

El 5 marzo de 2013 Hugo Chávez Frías falleció siendo uno de los líderes latinoamericanos más emblemáticos de los últimos tiempos; su muerte simbolizó una nueva era en Sudamérica.

Tan solo diez años atrás, en 2003, aquél comandante había revivido las bases del sueño bolivariano de unir a la América Latina frente a los Estados Unidos (el “imperio yanqui”).

Chávez, un militar venezolano que se formó a la luz de la literatura socialista, ha sido uno de los iconos del movimiento de cohesión y acercamiento de las naciones del cono sur: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela. No obstante ello, el mérito de la unión también ha correspondido a todos esos países que hoy día ven materializado en el UNASUR la organización que legitima el esfuerzo integracionista.

La relevancia del proyecto unificador son las circunstancias regionales y mundiales que coincidieron en un momento sin precedentes de la historia Sudamericana, donde las perspectivas de los líderes más carismáticos de esa región por fin pudieron fusionarse. En Argentina el legado Kirchner estuvo presente por un periodo de doce años. Primero con Néstor Kirchner que tras un mandato de cuatro años fue sucedido por su esposa Cristina Fernández quien estuvo en el poder de 2007 a 2015. Néstor una vez terminado su encargo presidencial, se convirtió en el primer Secretario General de UNASUR. Su esposa fue una de las principales impulsoras de la integración y en la actualidad es el estandarte de la corriente política del kirchnerismo.

En Bolivia, Evo Morales, el primer presidente de origen indígena, dio un giro exponencial en la política interior de su país. Basado en el apoyo popular en defensa de los legítimos productores de la hoja de coca, supo proyectar las necesidades de la población más necesitada de su nación; sus cualidades como líder le valieron la mejor etapa de acercamiento con el Brasil de Lula, la Argentina de Cristina y el gobierno chileno de Bachelet. El impuso y la presencia internacional que ha tenido Bolivia desde la llegada de Morales, en conjunto con el apoyo que le ofreciera Hugo Chávez, fueron clave para la adhesión de Bolivia al MERCOSUR.

La República Oriental de Uruguay muestra un escenario estable para la izquierda desde que Tabaré Vázquez asumiera el cargo por primera vez en 2005. Su sucesor, el ya legendario José Mujica fue continuador de la perspectiva ideológica ya implantada. Así como sus homólogos sudamericanos, Mujica exaltó el contacto con su gente y mostró al mundo la perspectiva austera del estilo de vida de un presidente. Ahora, Tabaré Vázquez nuevamente toma el poder tras la celebración de elecciones democráticas pacíficas de las que reluce la aceptación y conformidad del pueblo uruguayo por la manera de hacer gobierno de las dos últimas administraciones.

Por su parte, en el extremo sur del continente, Chile ha visto con buenos ojos la congregación sudamericana y demuestra su madurez política con la vuelta al poder de Michelle Bachelet tras el mandato del empresario Sebastián Piñera.

Desde Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, estrechó su relación con Argentina y Venezuela, impulsando que esta última fuera adherida a MERCOSUR. Asimismo, a partir de su segundo mandato se alejó del vínculo que buscaba con Estados Unidos, para favorecer la integración de América del Sur.

 

La convulsión.

Es 2016, el escenario donde ya no está Chávez, Lula ni Cristina. A fines del año pasado cuando se realizó la transición del poder en Argentina, la rispidez del proceso anticipó la cacería de brujas que acababa de encabezar Mauricio Macri en contra de la administración de su predecesora. De inmediato la tesitura con la que se evocaba el diálogo diplomático cambió drásticamente. Tan solo en la reunión del Mercosur de diciembre, la Ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela confrontó abiertamente al recién electo presidente de Argentina. Meses más tarde, en la arena interna del país, Cristina Fernández sería llamada a comparecer luego de que se le imputara el delito de “administración infiel”, esto desde la perspectiva de una investigación sesgada aunque con destellos de verdad.

En marzo, Brasil reaccionó ante la detención de Lula da Silva  para declarar sobre supuestos actos de corrupción durante su mandato en la empresa brasileña PETROBRAS, situación que ya desde semanas atrás empezaba a corroer a la misma presidenta Dilma Rousseff y que detonó con el perene nombramiento de Lula como Ministro de la Casa Civil por un solo día. Eso fue una evidente maniobra política para librarlo de la posible privación de la libertad que la llevó a encarar el juicio político que finalmente la suspendería del cargo de presidenta de la república.

Las investigaciones continúan y el revuelo mediático del impeachment ha destapado más casos de corrupción como el de Paulo Bernardo o el que se presume respecto del actual presidente interino del Brasil.

En tanto, en Bolivia,  donde se vio con buenos ojos la administración de su icónico presidente se ha decidido no permitir otra reelección de Evo Morales tras el referendo del 21 de febrero lo que lo llevará a terminar su mandato en 2020.

Finalmente, en aquél convulso 2013 del ocaso de Chávez, Nicolás Maduro asumió la presidencia de Venezuela y partir de ese momento la revolución bolivariana ya sin su líder, empezó a perder rumbo y enseguida la crisis empezó de a poco a desquebrajar diversos sectores del país. La oposición se hizo de la Asamblea Nacional y los antiguos seguidores chavistas ahora cuestionan la permanencia del sucesor ante el peor desabasto de alimentos que haya tenido lugar en el país. La injusticia reina y ahora Maduro agobiado por la caída del precio del petróleo y la crisis interna se acerca con pies de plomo a los Estados Unidos. Solo nos queda preguntar ¿qué aires impulsarán la política regional de Sudamérica? ¿Los del norte o los del sur?

 

 

 

[1] Es licenciado en derecho y especialista en derecho internacional público por la UNAM

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